Isaac Pujols – Lleida – 30/12/2025
Cuando el cambio climático se convierte en una coartada para restringir la caza
En los últimos años, los medios de comunicación publican periódicamente estudios que advierten del descenso de las poblaciones de aves en Europa y, especialmente, en la cuenca mediterránea. Este último, firmado por investigadores del Centro Científico y Tecnológico Forestal de Cataluña, analiza dos décadas de datos y relaciona episodios climáticos extremos con la disminución de varias especies.
Que el cambio climático tiene efectos sobre la fauna es una evidencia indiscutible. El problema no reside en este hallazgo, sino en el uso que se haga del mismo. Con demasiada frecuencia, estos trabajos científicos se convierten en el primer paso de una historia que acaba derivando en nuevas restricciones a la actividad cinegética, aunque la caza no aparezca como la causa principal –ni siquiera secundaria– en los resultados de los estudios.
La historia mediática y lo que no se explica
La forma en que se presentan estas investigaciones es clave. Los artículos suelen destacar especies cinegéticas emblemáticas, como la perdiz roja, sin contextualizar adecuadamente el estado real de sus poblaciones ni explicar que el descenso es generalizado en toda Europa, independientemente de que estas especies sean cazadas o no.
Esta selección no es inocente. Las especies cinegéticas tienen un fuerte componente simbólico y permiten construir un relato emocional que, posteriormente, facilita la justificación de medidas restrictivas. Mientras tanto, otras especies no cazables, igualmente afectadas por el cambio climático y la transformación del territorio, suelen quedar fuera del foco mediático.
Las causas estructurales del declive
Cuando se analizan rigurosamente los datos disponibles a escala europea, el panorama es claro. El factor más determinante en la regresión de las poblaciones de aves no es la caza, sino la profunda transformación del medio rural. La agricultura intensiva ha eliminado márgenes, barbechos y cultivos tradicionales, mientras que el uso masivo de productos fitosanitarios ha provocado una drástica disminución de la disponibilidad de insectos, base alimenticia esencial durante la cría.
A este fenómeno se suma el abandono del campo. La invasión del territorio y la desaparición del mosaico agroforestal han reducido el hábitat óptimo para muchas especies, mientras que la falta de gestión ha favorecido el aumento de depredadores generalistas. Todo ello configura un escenario mucho más determinante que cualquier actividad cinegética regulada.
El papel de la caza en la gestión del territorio
Este es un aspecto que rara vez aparece en los artículos informativos. En muchas zonas de la Península Ibérica las mejores densidades de perdiz roja y otras especies de caza menor se encuentran en explotaciones con gestión cinegética activa. No por casualidad, sino porque esta gestión implica inversión en mejora del hábitat, mantenimiento de espacios abiertos, regulación de la presión de los depredadores y una presencia humana constante en el territorio.
La experiencia acumulada demuestra que la desaparición de la caza no conduce automáticamente a la recuperación de las poblaciones. En muchos casos, el efecto es justo el contrario: menos gestión, más degradación del hábitat y una pérdida de biodiversidad aún más acelerada.
De la ciencia a la política
El riesgo real de este tipo de estudios no es su contenido científico, sino su instrumentalización. Cuando las administraciones adoptan una postura ideológica contraria a la caza, estas obras se convierten en una coartada perfecta para aplicar nuevas restricciones, sin afrontar las reformas estructurales que realmente requerirían la conservación de la fauna.
Es mucho más fácil limitar las jornadas de caza, reducir las especies autorizadas o aumentar las trabas administrativas que revisar el modelo agrícola, combatir el abandono rural o invertir en una gestión activa del territorio.
El cazador se convierte así en el blanco fácil de un discurso medioambiental aparentemente bien intencionado, pero profundamente incompleto.
Si realmente se quiere proteger la vida silvestre de los efectos del cambio climático, se debe asumir que la solución no es criminalizar la caza, sino integrarla cuando sea responsable y regulada dentro de una estrategia global de gestión del territorio. Cualquier otro enfoque corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de gesticación política con consecuencias reales para el mundo rural y la biodiversidad.