Opinión

De un oficio libre a una actividad vigilada

Manel Camps – Sort – 16/07/2025

Salíamos de casa y cazábamos

Algunos dicen que la caza es una pasión antigua. Diría más: cazar, para muchos de nosotros, una forma de vida, una forma de comprender el mundo y la naturaleza. Todavía recuerdo cuando salíamos a cazar desde la puerta de la casa. El perro atado con una cuerda, la escopeta colgada en la espalda y un corazón tranquilo. Caminando hacia el bosque, hacia esos bosques que conocías palmo a palmo, heredados o prestados por el vecino, con respeto y silencio. Cazabas lo que te permitía la temporada, y lo llevabas a la mesa, para compartirlo con la familia. Era una actividad natural, enraizada en el territorio, vinculada al ciclo de las estaciones y la responsabilidad del buen cazador.

Ahora necesitas cita previa

Cada vez queda menos de ese tiempo. Ahora, nos rodea una burocracia que parece diseñada para agotarte. La administración, impone cada vez más regulaciones, restricciones y requisitos que son cada vez más absurdos. Y peor aun, la mirada de la sociedad urbana, completamente desconectada de la realidad del territorio, nos juzga sin conocernos. Aquellos que nunca han pisado un trozo de bosque en la fría mañana de otoño buscan decidir cómo manejar la vida silvestre, los mismos que solo conocen las cosas por los documentales o las excursiones del domingo.

El bosque es de todos ... menos del cazador

Vivimos una paradoja: el bosque, dicen, que es de todos. Pero cuando se trata de cazar, parece que es solo de aquellos que no cazan. Nadie recuerda que detrás de cada permiso de caza hay un acuerdo con el propietario. A nadie le importa quién realmente mantiene el equilibrio de la población de los animales, o quién sale cada semana para evitar accidentes de tráfico con jabalíes desbocados.

Un conejo, mil papeles

Vamos hacia un modelo grotesco. Un futuro en el que, para cazar un conejo, será necesario advertir con días de anticipación, enviar un formulario digital, especificar el lugar exacto, el momento de entrada y salida, y tal vez incluso pedirles a los excursionistas permiso. Un modelo en el que el cazador, en lugar de silencio y con respeto, tendrá que irse con una aplicación en el móvil y un código QR que cuelga en su brazo. Donde nos dirán: "Por favor, no vengan este día", o peor, "por favor, no nos moleste mientras caminamos por la finca donde tiene permiso legal para cazar".

La ciudad manda, el territorio calla

Todo esto nos lleva a una reflexión amarga. Estamos perdiendo libertad, pero también cultura y tradición. Estamos dando una visión idealizada y paternalista de la naturaleza, lejos de su realidad salvaje y a veces dura. Los cazadores, que han sido guardianes silenciosos del territorio, ahora son vistos como intrusos.

Continuaremos cazando, con la cabeza bien alta

Pero no dejaremos de pelear. Porque la caza no es solo una actividad: es parte de nuestra identidad. Y mientras tengamos fuerzas, saldremos a cazar, incluso con el perro atado, la escopeta colgada y una hoja de autorización electrónica en el bolsillo. Pero con la cabeza alta, sabiendo que el bosque lo conocemos mejor que nadie.

Un cazador en el país, de los anteriores ... y todavía ahora.


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