Jordi García – Barcelona – 14/01/2026
¿Y si no fuera una coincidencia? Reflexiones incómodas sobre la PPA y el futuro de la caza en Cataluña
La Peste Porcina Africana (PPA) se ha convertido en una de las principales preocupaciones del sector cinegético en Cataluña. Oficialmente, se trata de un problema sanitario complejo, de origen externo y difícil control. Pero entre muchos cazadores, gestores del territorio y personas vinculadas al mundo rural, cada vez toma más fuerza una pregunta incómoda: ¿y si la PPA no fuera sólo un accidente biológico, sino también una oportunidad para transformar -o hacer desaparecer- la caza tradicional tal y como la hemos conocido hasta ahora?
Este artículo no pretende exponer hechos, sino abrir una reflexión crítica sobre el relato oficial, el papel de los cazadores en el control de la fauna y el futuro de la caza en Cataluña en un contexto de restricciones crecientes.
Una enfermedad que no arrasa, sino que la desgasta
Uno de los aspectos más desconcertantes de la «PPA catalán» es su evolución aparentemente lenta pero constante. No estamos ante un escenario de mortalidad masiva inmediata, sino de un goteo continuo que, poco a poco, va reduciendo las poblaciones de jabalí.
Este tipo de impacto tiene un claro efecto: no genera alarma social, pero sí consecuencias estructurales. Menos jabalíes significa menos caza, menos redadas, menos presencia de cazadores en el territorio. Y todo esto sin tener que afrontar un debate abierto sobre prohibiciones.
Es legítimo preguntarse si esta situación es sólo consecuencia de la naturaleza del virus o si, al menos, se está dejando que el problema "haga su trabajo" sin buscar alternativas reales de gestión conjunta con el sector cinegético.
El cazador, siempre bajo sospecha
En el relato institucional y mediático, el cazador suele aparecer como parte del problema, raramente como parte de la solución. ¿Demasiados jabalíes? Culpa de la caza. ¿Problemas sanitarios? Culpa de la caza. ¿Desequilibrios ecológicos? Culpa de la caza.
Este discurso ignora deliberadamente una realidad evidente: los cazadores son quien mejor conoce el territorio, quienes están presentes todo el año y quienes, históricamente, han asumido una función de control poblacional que la administración no puede ni quiere resolver sola.
Deslegitimar al cazador es el primer paso para deshacerse de él.
Estudios, informes y una sola dirección
En paralelo a la PPA, proliferan estudios que alertan del declive de diversas especies cinegéticas. Informes a menudo difíciles de contrastar sobre el terreno, con metodologías discutibles y conclusiones que, curiosamente, siempre apuntan hacia el mismo sitio: más restricciones, menos días hábiles, menos especies cazables. En cambio, otras especies no autóctonas e invasoras (tótora turca, visón americano, cotorra argentina, coipú,…) no paran de proliferar y tampoco se facilita ni normaliza su caza.
Muchos cazadores constatan una creciente distancia entre estos informes y la realidad del bosque. Pero la voz del territorio pesa poco frente al lenguaje técnico y burocrático de la Administración que legitima cualquier decisión de forma unilateral.
Hacia una caza sin cazadores
El panorama que surge es claro: no es necesario prohibir la caza para ponerle fin. Basta con hacerlo inviable.
La caza tradicional, social, cultural y arraigada en el territorio, parece condenada a desaparecer progresivamente. En su lugar, se impone un modelo de "caza profesional o profesionalizada", puntual, fría y desconectada de la cultura cinegética. Una gestión administrativa de la fauna, no actividad viva.
Esto no es cazar. Es control.